Amaneció un nuevo día. Para muchos, un día más. Para ella, el más
importante de su vida. Había dormido poco la noche anterior; motivos
suficientes tenía para no hacerlo. En el último mes le ocurría a menudo. Se
pasaba las noches desvelada, pensando. Su vida iba a dar un gran cambio. Lo
deseaba desde hacía años y, por fin, había llegado esa oportunidad soñada desde
que alcanzaba su memoria. Hasta ahora, su vida había sido un poco monótona, sin
sobresaltos. Ahora todo era inevitable: no habría marcha atrás.
Este año se había distraído con frecuencia en el trabajo, hasta el
punto de que sus compañeros, preocupados, llegaron en numerosas ocasiones a
preguntarle:
—¿Te encuentras bien?
Entonces ella miraba y sonreía asintiendo con la cabeza, queriendo
compartir con ellos su inmensa felicidad.
Su pareja le decía constantemente que la notaba distante y
cambiada. Pero sus pensamientos estaban fijados solo en él. Hacía tiempo que
deseaba ese momento. Por fin iba a conocerlo. Había llegado la hora de ponerle
rostro a ese ser desconocido y, sin embargo, tan amado por ella. Ya no tendría
que imaginarlo más. Lo sentía en su mente y en lo más profundo de su ser, pero
ahora, por fin, podría abrazarlo, besarlo, acariciarlo...
Sabía que ese amor que sentía sería para toda la vida, que iba a
dejar atrás sus sueños para hacerlos por fin realidad.
Se dirigió a la cocina. Desayunó poco: apenas un bocado y un vaso
de leche. No tenía apetito, pero quería estar fuerte y no desfallecer en el día
tan agotador que le esperaba. No podía perder tiempo para luego tener que andar
con prisas, así que, sin entretenerse más, comenzó a vestirse y arreglarse.
Debía estar radiante. ¡Había pensado tantas veces en este día!
Su marido aún seguía durmiendo profundamente. Era todavía
temprano; hacía pocos minutos que habían aparecido los primeros rayos de sol.
Recogió algunos objetos de tocador, lo más indispensable, documentos y algo de
ropa que había comprado no hacía mucho, pensada para esta ocasión. Su bolsa de
viaje ya estaba preparada.
Sentía miedo, pero trataba de ocultarlo mostrándose lo más serena
posible. De tanta emoción tenía la boca seca y volvió a la cocina para beber un
poco de agua. Pero el vaso cayó al suelo. Esta vez había sido más fuerte que
nunca y casi imposible de resistir.
Su marido, al oír aquel ruido, despertó de repente, pegó un
sobresalto y corrió a buscarla:
—¿Qué te ocurre? ¿Qué te pasa?
Ella respondió esbozando una leve sonrisa:
—Ha llegado el momento de marchar. No te preocupes, ya he avisado
por teléfono. El Hospital Maternal nos está esperando.
SOLO TÚ - MARTA QUINTERO